Había una vez una lagartija muy pequeñita y muy verde y una víbora muy astuta.
La víbora vio a la lagartija y se la quiso comer.
La lagartija corrió y corrió, mientras la víbora la perseguía.
Como la lagartija era muy pequeña, se escondió bajo unas piedras. La víbora la siguió hasta que la lagartija encontró una cuevita muy pequeñita donde se refugió y adonde la víbora no podía llegar.
La víbora le dijo:
—Sal de ahí, lagartija. No tienes adónde escapar.
—No, porque me comes.
—No me voy a ir de aquí hasta que salgas. Si te quedas ahí, te morirás de hambre o de sed, ya que no tienes comida ni agua.
—No me importa. Lo que tú quieres es comerme.
—Pues puedes elegir entre quedarte ahí y morirte, y salir y que te coma. De todas maneras vas a morir. Esa es tu elección. ¿Para qué prolongar tu sufrimiento?
—No te voy a hacer caso —dijo la lagartijita, que era muy inteligente.
La lagartijita sabía hacer tres cosas que la víbora no sabía: sabía pensar, sabía esperar y sabía ayunar.
Como sabía pensar, decidió que tenía que haber una tercera elección, una tercera opción, aparte de las que la víbora le estaba dando.
¿Cuál era la tercera opción?
Como sabía esperar, podía tener toda la paciencia del mundo y, como sabía ayunar, podía aguantarse el hambre y la sed.
Fue entonces cuando vio la solución: la víbora no sabía esperar y no sabía ayunar más que ella, por lo que se desesperaría y dejaría de pensar, y en un momento se marcharía. Entonces ella podría salir.
Efectivamente, la víbora se cansó de esperar y, cuando sintió hambre, dijo:
—Mugre lagartijita. Seguramente se quedó dormida. No voy a estar aquí esperándola para siempre.
Y se dio la media vuelta y se marchó.
Entonces la lagartijita salió.
