Imagina que tu mente es como tu mano.
Tu mano puede moverse, agarrar cosas, saludar, escribir y jugar.
Ahora imagina que una emoción fuerte, como el enojo, los celos, el miedo o la frustración, es como un guante.
A veces ese guante aparece de repente.
Por ejemplo, alguien te quita un juguete, se burla de ti o no te deja hacer lo que querías.
Entonces llega Don Enojón.
Y parece que el guante cubre toda tu mano.
En ese momento puedes pensar:
—¡Estoy enojadísimo!
—¡Quiero gritar!
—¡Quiero empujar!
—¡Quiero decir algo feo!
Pero aquí está el secreto:
Tú no eres el guante.
La emoción está contigo, pero no es toda tu mente.
Es como un visitante que llegó por un rato.
Entonces puedes hacer algo muy importante:
meter un poquito de espacio entre tu mano y el guante.
¿Cómo?
Primero, haces una pausa.
Respiras.
Y dices:
—Ah, mira… llegó Don Enojón.
Después observas:
—Mi corazón está latiendo rápido.
—Tengo la cara caliente.
—Quiero gritar.
Pero no tienes que hacer todo lo que Don Enojón te dice.
Puedes decirle:
—Ya te vi.
—Puedes estar aquí un ratito.
—Pero tú no mandas.
Eso es tener una mente fuerte.
No significa que nunca te enojes.
Significa que, aunque estés enojado, puedes pensar antes de actuar.
Puedes respirar.
Puedes esperar.
Puedes pedir ayuda.
Puedes hablar sin lastimar.
Puedes elegir.
Y cuando haces eso, recuerdas algo muy importante:
Tu mano sigue siendo tu mano, aunque tenga un guante puesto.
Y tu mente sigue siendo tu mente, aunque aparezca una emoción fuerte.
Así que la próxima vez que llegue Don Enojón, Doña Frustración o Don Celos, puedes sonreír un poquito y decir:
—Hola. Ya te vi.
—Pero yo decido qué hago.
Porque una mente fuerte no es la que nunca siente emociones difíciles.
Es la que aprende a observarlas sin dejar que ellas manden.
